viernes, 27 de marzo de 2009

Cesar Hildebrandt: Ugaz y García

La siempre lucidez de Cesar Hildebrandt nos da esta brillante columna, que no debe perderse en el tiempo.

Javier A. Fernandez



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Cesar Hildebrandt


Regreso de Loreto y veo los periódicos de los últimos tres días.

La muerte de Álvaro Ugaz aparece como la noticia más dramática. Alguien que se va pronto siempre apena doblemente.

En un blog se consigna el comentario miserable de alguien que solicita se le diga qué resultado arrojó el examen de alcoholemia de Ugaz. Blogmitivo. El pedido sería legítimo si el periodista hubiese sido responsable de alguna muerte. Todos sabemos que sólo fue responsable de la suya.

Lo que también me parece el colmo es que el velatorio de Ugaz haya servido de pasarela exhibicionista de toda una cazuela hervida en sake durante la década de Saravá y los suyos.

Allí estuvieron:

a) la autoridad eclesiástica que ama la muerte cuando ésta es impartida por las fuerzas del orden;

b) el magnífico locutor que terminó leyendo los editoriales de la familia Crousillat en la fase terminal del fujimorismo;

c) la señora que fue compañera de aventuras del señor Schultz cuando el señor Schultz, disfrazado de estropajo, acudía al SIN a vender su “canalazo”;

d) la geisha de apellido japonés, que era una de las favoritas de Palacio cuando Palacio era una guarida de ladrones;

e) el señor del día D, que quería decir “D cobranza” cada vez que presentaba a Blanca Nélida Colán para “limpiar” a Montesinos o cuando, en los extramuros de la infamia, presentó a un chofer de su suegro para que calumniara a Valentín Paniagua...

Y varios etcéteras...Todos compungidos, todos encarnando el dolor de la profesión, todos contritos y respetables trepándose a la muerte de Ugaz.

Lo que no saben es que siguen dando náuseas. Y que la muerte de Ugaz no los hace más presentables ni los amnistía. Porque la muerte no mejora ni embellece a nadie, como se vio en el caso de Thorndike.

La otra noticia importante de estas jornadas es lo dicho por Alan García en relación a lo que puede hacer para impedir el triunfo de algún candidato “antisistema” en las elecciones del 2011.

García nunca ha estado muy bien de la cabeza, pero ahora da muestras de estar consumiendo, otra vez, algún tipo de estimulante poderoso. Quizá esa sea la manera menos violenta de responder a su atrevimiento de ribetes golpistas.

Porque si García no está consumiendo los estimulantes poderosos que compartía con el dueño de un canal de TV en las fiestas que animaba un cómico muy popular –estimulantes que lo instalan en el Olimpo y lo hacen químicamente omnipotente-, entonces lo que ha dicho es un agravio dicho en plena lucidez y un anuncio, formulado con plena conciencia, de que está dispuesto a hacer en el 2011 lo mismo que hizo en 1990.

Traducido esto al escenario y al elenco del 2009, lo que García quizá haya querido decir es que, si en los 90 inventó a Fujimori con la ayuda de Thorndike esta vez, continuistamente, le puede dar una mano a la hija de su antigua creación.

Lo tragicómico es que García llama “sistema” a su dacha de viejo prematuro: el establecimiento, el zorro de arriba y el zorro de abajo (él cree que es el zorro de arriba), la anciana república plutocrática y su enésima máscara.

García llama “sistema” a su jubilación intelectual y a su conversión en propagandista de Graña y Montero y zafio publicista del BCP. Y llama “antisistema” a todo el que se oponga a lo que su decadencia mental ha dictaminado como inamovible.

García quiere convencernos de que la servidumbre al gran capital es una virtud realista y que la acumulación de nuevas fortunas, bien o malhabidas (como la suya), terminará enriqueciendo al Perú entero.

Ignora, o pretende ignorar, que la prosperidad falaz del guano se ha repetido a lo largo de siglo y medio y siempre con el mismo resultado.

García se confunde. Cree que podemos ser Japón o Corea del Sur si dejamos que el negocio de crecer esté en las manos indicadas.

Pero tanto Japón como Corea del Sur son ejemplos de una alianza estratégica entre el Estado, el empresariado y la clase trabajadora, por un lado; y de una firme convicción industrialista e innovadora, por el otro.

Ningún país se ha hecho rico y más justo vendiendo piedras, puertos o bananas.

García tiene, además, otra confusión –esta estrictamente personal-. Se cree una mezcla de Piérola con Leguía. Y lo que en realidad es resulta difícil de definir pero, en todo caso, está más próximo a un mejunje de Echenique con Odría.

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