miércoles, 26 de marzo de 2008

¿Por qué hablo Martin Rivas?


¿Por qué habló Martin Rivas?

Por Umberto Jara, periodista


El escritor y periodista Umberto Jara, autor del libro Ojo por ojo, la verdadera historia del grupo Colina, narra por vez primera, y en exclusiva para Perú.21, los entretelones de cómo consiguió entrevistar a Santiago Martin Rivas.

Es una de las preguntas que más me han formulado. Unos por sana curiosidad; otros con su cuota de peruanísima suspicacia. Unos dicen: ¿cómo fue que lograste entrevistar a Santiago Martin Rivas? Otros: ¿por qué aceptó darte la entrevista a ti y no a un miembro del santoral periodístico? El amable lector encontrará la respuesta en las líneas siguientes.

En marzo del año 2001 decidí investigar lo que, sin duda, era uno de los temas más importantes, graves y difíciles de escudriñar: la relación entre Alberto Fujimori y el destacamento Colina. Desde el primer momento estaba claro que la investigación, si llegaba a buen puerto, debía reflejarse en un libro, un espacio más razonable y amplio y ajeno a la urgente estridencia del "Exclusivo, este domingo en...".

Era, también, un reto enorme y, al inicio, con pocas posibilidades de éxito por una razón concreta: si el jefe del grupo Colina se negaba a hablar, de nada habría servido el esfuerzo.
Finalmente, tenía un motivo personal. En la cacería de brujas iniciada en el 2001 me tocó padecer los fuegos fatuos de los inquisidores de la moral periodística y solo quedaban dos alternativas: una, optar por el mal gusto de ingresar a ese talk show de agresiones que se instaló entre los periodistas; otra, tener paciencia y responder con el mejor argumento: el propio trabajo. Elegí esta segunda opción que, además, traía consigo la decisión de dedicarme a escribir lejos de las salas de redacción y sus duendes de horror.

La primera etapa consistió en acopiar material de archivo para conocer en detalle lo que se había publicado sobre el tema. Luego, empecé a buscar contactos en los predios militares para entender los entretelones de las graves decisiones que dieron lugar a los violentos sucesos ocurridos a inicios de los años 90. Tenía que existir una razón, un criterio. En toda historia hay siempre un motivo. Que sea oscuro, cuestionable o difícil de entender es otro tema, pero que siempre subyace una razón, una lógica, eso es indudable.

Así, apareció un militar sereno que en el libro Ojo por ojo... aparece protegido bajo el nombre de 'El General'. Por vez primera me hizo conocer un concepto que había permanecido oculto para el país: Guerra de Baja Intensidad. Una opción de combate clandestino que, a diferencia de la Guerra Convencional, no tiene declaratoria de guerra, no tiene ejércitos uniformados enfrentándose abiertamente en un territorio determinado, no respeta reglas, se ubica al margen de la ley y utiliza, además de armas convencionales, el recurso de la guerra sicológica. Es decir, la salvaje guerra que Sendero Luminoso había implantado en nuestro país y que el Ejército, con la decisión presidencial de Fujimori, decidió llevar a cabo como respuesta ilegal al terrorismo.
Había un personaje especializado en el tema que, además, conocía todos los detalles de esa historia oculta. Era el mayor del Ejército Santiago Enrique Martin Rivas, jefe del grupo Colina y prófugo de la justicia a partir de abril de aquel año 2001, cuando el Quinto Juzgado Penal de Lima ordenó su captura.

Con el personaje central clandestino y buscado por la Policía, la posibilidad de establecer un contacto se hizo más remota, pero entre las reglas no escritas del periodismo de investigación está el irracional optimismo. Después de varios intentos, en el mes de junio, gracias a la intermediación de una persona a la cual el militar le tenía confianza, se convino una primera reunión.

Al principio fueron tres reuniones de tanteo. Martin Rivas quería, previamente, conocer en detalle las razones de mi interés en investigar, hasta dónde conocía el tema y si podía ser un interlocutor válido. En esas primeras reuniones, lo alentó el hecho de que se tratara de un libro y no de un reportaje fugaz. Desde un inicio dejó traslucir un sentido épico: el del soldado que había ganado una guerra y cuya historia, tergiversada según él por la prensa, le interesaba relatar por razones que veremos líneas después. Un libro era el mejor escenario.

Cuando aceptó ser entrevistado, ocurrieron una veintena de reuniones en cuatro escondites cuyas ubicaciones no deben ser reveladas porque una regla sagrada en periodismo es no desnudar a las fuentes, por repudiables que puedan ser, y tampoco se trata de poner en riesgo a quienes brindaron protección al prófugo por razones familiares o afectivas.

¿Por qué aceptó contar su historia? Para encontrar una respuesta, es necesario remitirse al contexto de esa época. A lo largo de aquel año 2001, Santiago Martin Rivas -escondido, eludiendo una orden de captura y sin recursos económicos para afrontar la situación de verse convertido en el hombre más buscado del país-, espectaba, día a día, en un trajinado televisor que lo acompañó en todo su periplo clandestino, aquellas increíbles emisiones de los 'vladivideos' que ponían al descubierto la corrupción de la clase política peruana y, a medida que los noticieros difundían las noticias con las cuentas millonarias de los altos mandos del Ejército, la Marina y la Aviación, el enfado del prófugo iba creciendo hasta el límite de la ira.

Hubo otro hecho que fue concluyente en su decisión y que le generó un arrebato particular. Fue la emisión del 'vladivideo' en el cual toda la oficialidad de las Fuerzas Armadas firma un Acta de Sujeción ante Vladimiro Montesinos. Lo indignó el encumbramiento de un personaje con el cual mantuvo una relación siempre tensa y a quien señalaba como el personaje que lo había engañado hasta dar lugar a su procesamiento en el fuero militar, su prisión en el cuartel Bolívar, su posterior retiro del Ejército y la imputación de la muerte de la agente Mariella Barreto.

Como si no bastara, apareció otro hecho que fue un detonante sin retorno: la noticia del descubrimiento de 22 millones de dólares depositados en bancos suizos por el general Nicolás Hermoza Ríos. El prófugo lo sintió como la traición del jefe al subalterno con el cual compartió situaciones de extrema confianza. Y, en la mentalidad militar, la traición es una afrenta al honor. Peor aun, semanas después ocurrió un hecho definitorio. Agobiado por la escasez de dinero, Martin Rivas envió un emisario a la casa de Hermoza Ríos. El general no atendió en persona al enviado. En su lugar lo hizo la esposa, quien recibió la solicitud de ayuda económica. La señora escuchó, pidió una pausa, se fue a dar el encargo al marido y volvió con una increíble respuesta: "El general les pide que resistan como soldados valientes".

Fue suficiente: el estado de ánimo de Martin Rivas abrió la puerta hacia las entrevistas. El primer mecanismo fue el de diversas conversaciones que quedaron registradas en alrededor de 16 libretas cuyo contenido fui volcando en un archivo de la computadora. Fueron sesiones que se espaciaron a lo largo de varios meses. El prófugo, por razones de seguridad, descontinuaba las reuniones y, en otras ocasiones, por la mudanza de escondite, se sumía en el silencio mientras uno sentía perder una investigación que le iba entregando revelaciones de una importancia inmensa. De pronto, el militar reaparecía por vía telefónica, sea con una llamada bajo su seudónimo de 'Dr. Gómez' o a través de una emisaria también telefónica. Entonces, se volvían a retomar las entrevistas.

De ese modo, llegué a tener toda la historia reunida en las libretas, y una noche, al terminar de trasladar el contenido en el disco duro de la computadora, sentí -en lugar de satisfacción- una inmensa desazón: tenía toda la historia que desde hacía más de una década habían perseguido los periodistas y las autoridades, pero volcada en libretas no servía de nada por varias razones que se resumían en una: ¿cómo acreditar que todo ese relato era cierto?

Fujimori, Montesinos y Hermoza Ríos tendrían el argumento inmediato de exigir evidencias que fueran más allá de esas trajinadas libretas escritas con letra apurada. A su vez, llegado el caso, cabía que Martin Rivas, por cualquier razón, desmintiese su confesión y, así, no habría manera de acreditar que en esas páginas estaban registradas largas horas de revelaciones motivadas por la necesidad del desahogo y por el impulso de castigar la deslealtad de sus jefes. Por último, estaba un factor inusual en otros países pero cotidiano en el nuestro: el periodismo peruano practica, con esmero, el malsano placer de atacar al colega por encima de todo, incluso al costo de terminar ayudando a quien delinque. Era fácil imaginar que del propio periodismo partirían los cuestionamientos.

En suma, todo el esfuerzo que permitió obtener una historia plagada de datos jamás conocidos estaba ahí, inútil, apilado en una ruma de libretas.

Superado el desaliento, recurrí a la persuasión para grabar las entrevistas en casetes de audio, pero en la primera sesión asomó un problema. Santiago Martin inició la charla dejando fluir información pero, a medida que avanzaba la cinta, empezaba a incurrir en generalidades y omitía manifestar lo que, sin grabadora de por medio, había narrado. Fue su manera de negarse a una grabación sin decirlo de manera directa. Y aun si se hubiesen efectuado sesiones convincentes, el asunto probatorio seguía endeble porque a futuro podía utilizar el recurso de negar su voz y empantanar la veracidad en el laberinto de las pericias que en el Perú a nada conducen.La sensación que venía rondando desde casi el inicio estaba allí con toda su fuerza: si no había un registro en video, nadie iba a creer y nada servía y el libro no tenía cómo acreditar sólidamente su contenido. Dejé pasar el tiempo.

¿Por qué aceptó grabar las entrevistas en video? Tratando de encontrar un resquicio a través del cual iniciar una labor de convencimiento, reparé en que, a lo largo de todas las reuniones, el jefe del grupo Colina tenía una marcada insistencia en referirse al "sentido histórico" de su trabajo, a su condición de "guerrero" que había cumplido con su "deber a favor de la Patria", y solía reiterar una amargura: "Me han creado una imagen de delincuente, cuando yo soy un soldado que contribuyó a derrotar al terrorismo".

Por ahí, por esa puerta de un ego desatendido, estaba el camino. Invertí algunas reuniones en no solicitar ninguna información. Simples charlas informales, lo que los abuelos llaman prestar el oído para el alivio que otorga la conversación. Y, entonces, asomó el instante clave y se dio este diálogo:

SMR: Cuando me capturen, me van a aplicar la ley de la fuga. Me van a matar y dirán que estaba fugando. Hay muchos militares del propio gobierno de Toledo a los que no les conviene que hable.

UJ: Cuando eso ocurra, ¿sabe usted cómo será el titular de los diarios y los noticieros? "Asesino Martin Rivas muere cuando intentaba fugar".

SMR: Ya le dije que no soy ningún asesino.

UJ: Pero así quedará anotado. Tiene usted la opción de dejar registro de sus ideas, de su posición, de su condición de soldado que cumplió las ordenes de Fujimori y Montesinos. No lo respaldo ni comparto sus criterios, pero en el libro que escribo tiene la opción de dejar constancia de su punto de vista y, en todo caso, servirá para que se enteren los militares que, según usted, lo consideran como un guerrero. Grabemos su testimonio en video. Solo así habrá certeza de lo que usted sostiene y, también, certeza para el libro.

SMR: Déjeme pensarlo.

Una semana después, el argumento surtió efecto: su aspiración de dejar un registro para la historia lo llevó a aceptar las grabaciones en video. Influyó también su interés en dejar evidencias, si algo le pasaba, que comprometieran a quienes habían sido jefes desleales: Fujimori fugando al Japón, Hermoza Ríos robando y negándose a dar ayuda, y Montesinos, a quien consideraba rival y no jefe, causante de intrigas que le habían destruido la carrera.
En ese contexto iniciamos las grabaciones, las mismas que hoy constituyen prueba central en el proceso que se le sigue al ex presidente Alberto Fujimori y que dan solidez a la investigación contenida en el libro Ojo por ojo, la verdadera historia del grupo Colina.

Hay quienes me suelen solicitar explicaciones complejas que vayan más allá de este relato y que se muestran incrédulos y tratan de buscar interpretaciones políticas o vínculos que acaso estén ocultos o datos que no asomen. Respondo con una sonrisa porque no se dan cuenta de que aquellos que cometen crímenes también tienen, como nosotros, subjetividades, necesidades de comunicación, frustraciones, deseos de no ser aquello en que se han convertido. Y los años en el oficio me han enseñado que existen dos clases de personas que siempre están dispuestas a hablar, a contar, a dejarse entrevistar: los que han perdido la libertad y los que están enfermos. Para conseguir sus confesiones hay que tener paciencia, ganar su confianza y escucharlos en sus monólogos de alivio hasta que llega el momento en que se abren y la historia escondida fluye y los misterios se desvanecen y, entonces, en su trabajo de cronista, de testigo, el periodista tiene una historia por contar. Son otros los encargados de juzgar.


Tomado de PERU21
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